“He muerto muchas veces, para el caso. La primera cuando Chile se vio desbordado por el golpe de Estado; el segundo cuando me arrestaron; la tercera cuando encarcelaron a mi mujer Carmen; el cuarto cuando me quitaron el pasaporte. Podría seguir." Así hablaba Luis Sepúlveda, escritor y activista chileno, naturalizado francés, en una entrevista hace tres años: hoy, a los 70 años murió por "quinta" y última vez, abatido por el coronavirus tras casi dos meses de agonía (la contrajo en febrero, junto a su mujer que luego se recuperó) en un hospital de Asturias, España. Sepúlveda había vivido en Europa durante mucho tiempo, exiliado de su país desde los días del régimen de Augusto Pinochet, que en 1974 lo obligó a más de dos años de prisión y tortura por su compromiso político a favor del presidente socialista Salvador Allende, de que era personal de guardia.
La historia de Sepúlveda fue de resistencia: siempre a favor de los últimos y de su amada Sudamérica, trastornada en el tiempo por golpes de Estado y regímenes militares, y por la opresión del mundo occidental, en especial de Norteamérica, denunciada en esos años por otro escritor símbolo de esa lucha, el uruguayo Eduardo Galeano, con su "Las venas abiertas de América Latina". “América Latina limita al norte con el odio, y no tiene otros puntos cardinales”, dijo Sepúlveda, quien continuó su compromiso en Europa, descubriendo con el tiempo que también era ecologista (se incorporó a Greenpeace) y sobre todo un escritor de primer nivel. Reconocible por la delicadeza de su estilo, ha escrito cuentos y novelas que han sido traducidas por todo el mundo. En Italia, pero no solo, se considera su obra más exitosa "Historia de una gaviota y el gato que le enseñó a volar", publicada en 1996 y de la que también se hizo una película.
Entre los diversos galardones, Sepúlveda ha obtenido el Premio "Gabriela Mistral" de poesía, el Premio "France Culture Award Etrangère", y en Italia el Premio "International Grinzane Cavour" y el Premio Literario Alessandro Manzoni a la Trayectoria. Más allá de los premios y el éxito editorial, Sepúlveda será recordado también y sobre todo por su profundidad humana. En un libro escrito junto al expresidente de Uruguay Pepe Mujica y Carlo Petrini, definió la felicidad de la siguiente manera: “Todo lo que se hace por un mundo mejor tiene un punto de partida, que es ganar el derecho a una existencia plena. Una existencia feliz, en el sentido más pleno de la palabra. Saber, por ejemplo, que las personas cercanas a nosotros están viviendo una situación de injusticia social es una herida en nuestra idea de felicidad".
En la citada entrevista con Repubblica, respondió a la pregunta de si se sentía o no un hombre feliz: “Si lo pienso, sentí una felicidad especial cuando me devolvieron el pasaporte chileno. No hace mucho tiempo, después de todo. Siempre me he sentido un hombre libre; pero ese trozo de documento, después de 31 años de exilio, después de haberme pasado la vida sintiéndome un hombre cancelado, tuvo un efecto extraño en mí. Como un bautismo inesperado y por tanto un renacimiento”. Y la libertad, para un escritor que ha conocido la persecución, ¿qué es? “No es fácil definirlo. A veces pienso en la responsabilidad de elegir las palabras adecuadas; a veces imagino la libertad como una espera que puede frustrarse. ¿Recuerdas esa frase de Cavafis? Está oscureciendo y los bárbaros no vienen. Nunca sabes cuándo lo nuevo irrumpirá en tu vida, en tu escritura”.
