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El problema del Gobierno de Letta no es Renzi sino las reformas: no basta flotar para durar

La verdadera prueba del Gobierno son las reformas que han estado esperando demasiado tiempo para implementarse - Tiene razón Marchionne al pedir hacer como España y alinearnos con las reglas globales si queremos atraer inversiones en Italia - Reforma electoral tras el rechazo de la Consulta son esenciales pero no menos decisivas son las reformas económicas

El problema del Gobierno de Letta no es Renzi sino las reformas: no basta flotar para durar

Ahora que el Tribunal Constitucional, con un retraso no menos culpable que los que votaron esa ley, ha decretado la inconstitucionalidad de la Porcellum, ¿qué posibilidades hay de que el gobierno de Letta dure al menos hasta 2015? Ninguno, si el gobierno sigue en la línea de flotar y posponer. Muchos si, en cambio, cambia decididamente de rumbo y toma el camino de las reformas. En resumen, el futuro de Letta depende de Letta.

Sergio Marchionne le dio buenos consejos. Comentando el buen comportamiento del sector de la automoción en España, donde se ha aplicado con éxito su receta (flexibilidad, productividad, responsabilidad), el consejero delegado de Crysler-Fiat ha dicho: "debemos hacer como España que ha avanzado en las normas para la en el trabajo, en la lucha contra la burocracia y en la reforma de la administración pública Hay que hacer ciertamente la reforma electoral pero también hay que hacer reformas económicas, sin compromiso. Debemos pedirle al país que se adapte a las reglas globales para atraer inversiones, de lo contrario no lo lograremos”.

Así lo dijo Marchionne, muy querido en América y poco considerado en Italia. El problema de Letta no es, como se suele decir demasiado, Renzi que, en todo caso, de los tres pretendientes a la secretaría del Partido Demócrata es con diferencia el mejor. El problema de Letta son las Reformas. “Hic Rodus, hic salta” hubiera dicho Marx, ¡aquí está Rodas y aquí hay que saltar! Si Letta, quizás también gracias al aguijón de Renzi, abre una temporada de reformas, su gobierno durará y adquirirá el peso político al que aspira y merece. De lo contrario, será mejor para todos ir a las elecciones tan pronto como se apruebe una nueva ley electoral.

¿Cuáles son las reformas a realizar? Son las que permiten aumentar la productividad del trabajo, de las plantas y del Estado y las que determinan una reducción significativa del stock de deuda cuya relación con el PIB sigue empeorando no porque derrochemos dinero (como piensan los alemanes) sino porque no crecemos más. Todas las reformas que permitan potenciar el capital humano van en la primera dirección, a saber: la reforma del sistema escolar y educativo, el de la Universidad y el de la formación profesional. Así como la reforma del mercado de trabajo (la reforma Fornero debe completarse y no anularse), la de los servicios de empleo (animar a los particulares a echar una mano) y la de las redes de seguridad social (que deben ser temporales y finalizar para reutilizar).

Finalmente, una contribución decisiva al aumento de la productividad puede provenir de una reforma radical del sistema de relaciones laborales. Pasar de la negociación nacional a la negociación corporativa y territorial, del antagonismo a la cogestión, de la indiferencia por el destino futuro de la empresa a la asunción común de la responsabilidad haría que el país diera un gran paso adelante. Reconocería el papel de los trabajadores en el proceso productivo y, al premiar su productividad, crearía valor para todos: para los trabajadores, para los empresarios y para el país.

Estas reformas no cuestan mucho pero implican un cambio radical en la mentalidad del país, requieren nuevos comportamientos e incluso una nueva ética social. Por supuesto, marcan el fin de las rentas posicionales, incluso miserables como el subsidio indebido, y marcan el fin de la era en la que las conquistas sociales en el tiempo se convirtieron en derechos universales adquiridos. Lamentablemente ya no nos lo podemos permitir, mejor nos resignamos.

Por otro lado, la reforma del crédito a las empresas (en primer lugar, poner fin al bloqueo crediticio en curso), el apoyo a la investigación pública y privada, las ayudas a la puesta en marcha, la valorización de las vocaciones nacionales (cultura, turismo , alimentos) y la defensa de nuestra excelencia productiva (grandes empresas sanas y el sistema de medianas y pequeñas empresas).

Para ello, son decisivas la simplificación de trámites, la reforma de la AP y la reducción de la cuña fiscal. En todos los campos, hay que centrarse en el mérito, la profesionalidad, la responsabilidad y el saber hacer: al final, es el hombre quien determina el desarrollo y está en el acervo profesional de los trabajadores, en el espíritu emprendedor de la iniciativa y en las habilidades de los investigadores en los que tienes que confiar para volver a crecer. Modernizar el país, reformarlo, liberalizar la economía y abrirlo a la competencia ya los mercados internacionales es la única salida a la crisis. El gobierno puede y debe tomar este camino: no es una cuestión de recursos sino de voluntad política.

Esta voluntad también debe manifestarse en la determinación con que ataque el stock de deuda pública que corta las alas del país y pone en peligro el futuro de las nuevas generaciones. Davide Serra, asesor financiero de Renzi, tiene razón cuando recuerda a todos que la deuda acumulada con las nuevas generaciones, a las que hoy les pedimos que nos garanticen esos privilegios que les serán negados, es ahora tal que allana concretamente el camino para una guerra intergeneracional que, de estallar, sería muy, muy dolorosa para esa generación (la generación egoísta como se la ha bautizado) que contrajo esa deuda sin preguntarse nunca cómo y quién la pagaría.

El alivio de la deuda se logra de dos maneras. El primero es el de la cesión al mercado total o parcial de empresas públicas, nacionales o locales, que los particulares pueden gestionar mejor que el público en régimen de competencia. El Estado no es responsable de administrar las empresas sino de asegurar los lineamientos y controles adecuados. No es un camino fácil de recorrer, como demuestran los acontecimientos de Génova, pero es un camino obligado. El segundo es el del tránsito de la racionalización del gasto (revisión del gasto) a la reestructuración del Estado (reinvención del gobierno).

Es todo el aparato administrativo y de servicios, es decir, el que debe ser revisado a la luz de los criterios de necesidad, eficiencia y eficacia. Inglaterra, Estados Unidos, Alemania y hoy España fueron objeto de este tipo de revisión en años lejanos. Así lo han hecho gobiernos liberales (Thatcher), progresistas (Blair y Schroder) y populares moderados (Rajoy). Es hora de que Italia también lo haga. Quien sea capaz de llevar por sus manos estas reformas y llevarlas a cabo de manera concreta, podrá contar con la gratitud del país y, creo, también con el consentimiento de los votantes.

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